Con el corazón en el territorio y la vida entre las semillas


En medio de la calurosa sabana de Chenche Agua fría en el municipio de Coyaima (Tolima), doña Ana Belén Loaiza, hace más de seis décadas, dio a luz, entre parteras y médicos indígenas, a través de plantas y procedimientos tradicionales – herencia de la tradición y cultura Pijao – a María Claudina Loaiza. Desde muy niña debió asumir las estrictas orientaciones de su madre, y aprender a apilar y cocinar maíz, base de las mazamorras, arepas, mute y chicha de la alimentación local. Doña Ana Belén fue una férrea mujer que no admitía errores de sus hijos, cualquier situación era seriamente reprimida.A los siete años Claudina tuvo que abandonar el estudio, pues no logró articular la labor del claustro estudiantil y las duras jornadas de trabajo de la tierra que se mezclaban entre el sudor y las marchas rumbo a la quebrada Ilarco – con una tinaja sobre su cabeza- en busca de agua para el hogar. En esta región de bosque seco tropical y con temperaturas que promedian los 38 °C, el preciado líquido cobra un valor fundamental en la subsistencia de estas comunidades.

La situación en casa nunca fue fácil. Claudina, con 22 años y nueve hijos, no aguantó  las dificultades económicas y el estricto régimen de su madre y se fue con el padre de sus hijos. Pero la situación no mejoró. Este hombre, con su alcoholismo, el juego y el casi nulo cariño hacia su familia, generó momentos de amargura y desesperanza en Claudina, hasta que decidió poner freno al abuso de su compañero, abandonándolo y partiendo con sus hijos. En desafortunada y egoísta reacción, él vendió el predio donde vivían, obligándola a volver donde su madre, quien a pesar de todo la acogió nuevamente en su hogar.

De nuevo en casa, en ese Chenche ancestral junto a la quebrada Ilarco, bañada de calor y tradición, doña Ana Belén le otorgó a su hija 4 hectáreas de tierra ubicadas en el resguardo, con el ánimo de que Claudina  lograra construir un futuro para los suyos. En estas tierras no había un solo árbol, solamente se veía en el suelo paja amarga y mastranto, un inclemente brillo solar que colorea la piel, fuertes vientos que secan los ojos y una temperatura cálida en la que no se encuentra refugio. Bajo ese panorama, la comunidad se unió y acompañó a Claudina y de manera colectiva levantaron su casa de techo de  palma y paredes de bareque.

Ya en su predio, hace más o menos 24 años, Claudina recibió un regalo de una compañera suya; eran frijoles guisantes para ser cultivados. Entusiasmada, partió hacia el bosque en búsqueda de un palo que sirviera de tutor para los fríjoles; encontró un aceituno al que le quitó una rama que sembró junto a las leguminosas que le habían obsequiado. Su sorpresa sería doble al ver la calidad de fríjoles que emergieron de la tierra y –sobretodo- las hojas que empezaron a brotar del aceituno que comenzó a crecer. Fue un momento sublime para ella, pues vio el potencial de su tierra para alimentar la familia, y la importancia de la naturaleza para producir alimentos. Ese aceituno está aún en su casa. En las mañanas suele abrazarlo y consentirlo, admirarlo con detenimiento, confesarle sus temores y agradecerle por la sombra y el amor que su ejemplo de subsistencia y apego a la vida dio en este territorio.

Fue por eso que emprendió una carrera por reforestar su entorno con ciruelos, anones y aceitunos, aunque muchos de ellos quedaron destrozados por el hambre de los animales que subsisten en este territorio. Junto a esta digna labor desarrolló otra actividad productiva en la elaboración de la bebida ancestral indígena indoamericana, La Chicha. Esta mujer se convirtió en  maestra de la fabricación de esta bebida fermentada a base de maíz. Su preparación, la técnica ancestral, las formulaciones y recetas, el uso de las semillas criollas y los conocimientos requeridos los apropió de su herencia familiar, convirtiéndose a criterio de catadores locales como Rubiano Alape, en la mejor chicha que se fabrica en la región.

Durante quince años, Claudina, brindó a su pueblo una exquisita chicha que llevaba en su esencia la elaboración ancestral y lo mejor de los maíces criollos como el Bavario, Clavo y Guacamayo, cultivados en las tierras secanas del Sur del Tolima. Ella identificó con disciplina los rendimientos y potencialidades de estos maíces que a su criterio distan de otras variedades a la hora de elaborar la chicha local. Así mismo identificó con precisión que los maíces transgénicos no dan la posibilidad de fabricar ningún producto tradicional como la chicha, arepas, mute y peto.

Su trabajo se vio fortalecido  cuando en el 2002, Javier Múnera, economista antioqueño de la corporación CEUDES, llegó al territorio e impulsó un proyecto de huertas comunitarias y caseras para las mujeres del Sur del Tolima. Esta iniciativa llegó a beneficiar más de 2600 mujeres en el 80% de los municipios de la región.  Entre las mujeres que asumieron esta propuesta estaba Claudina, quien no dudó en poner todo su corazón y tiempo en su consolidación.

El proyecto comenzó con la fabricación de abonos orgánicos, cuyas particulares técnicas Claudina apropio, usando residuos locales, apilando boñiga de vaca y aprovechando al máximo las bondades ambientales de este territorio. “No hay nada más bello que trabajar con los abonos orgánicos, a uno le da esa satisfacción, ese amor de trabajar la tierra. Porque garantizan que se van a producir los alimentos” dice con emoción doña Claudina.

Bajo esta iniciativa convirtió su casa en un oasis. Sembró arboles de Iguá, Guácimo, Tatamacos, Leucaenas, Mango, Naranjo y Limón. De igual forma variedades de frijol, maíces y verduras que convirtieron su hogar en una despensa permanente de alimentos, con los que logró sacar adelante su familia.

Claudina apropió los conocimientos de la producción agroecológica de alimentos, manteniendo coberturas para sostener la humedad del suelo, enriqueciéndolo con materia orgánica, apostándole a la diversificación de estratos y semillas en su predio, entendiendo que una planta bien alimentada es una planta sana. En su territorio le apostó a las leguminosas, palmas y musáceas como estrategia de fertilización, y a la cosecha de agua como técnica para mejorar los rendimientos hídricos en su terreno.

Hoy en día doña Claudina es una de las más importantes guerreras, guardiana de semillas, del sur de Colombia. Ella ha identificado especies nativas desaparecidas o en riesgo de desaparecer y ha emprendido búsquedas hacia su recuperación. En su predio con desapego, dignidad y amor eficaz por su territorio comparte las semillas que con amor ha recuperado.

La maestra de la chicha, la mujer luchadora, la guardiana de semillas, la indígena, la tierna dama guerrera del bosque seco tropical del sur del Tolima, nos abraza constantemente y nos demuestra con maternal complacencia que los paisajes se construyen o destruyen, dependiendo de la dignidad y el entendimiento de los pueblos.

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